Sur y Centro América
Viernes 15 de Noviembre 2019

Yoani, Brasil y la izquierda borbónica

28 Febrero, 2013

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Rio de Janeiro, Brazil. | 28.02.2013

Yoani, Brasil y la izquierda borbónica
por Manuel Cuesta Morúa

La recepción, por parte de la izquierda más ortodoxa, que sufrió la bloguera Yoani Sánchez a su llegada al Brasil, revive en el escenario un tema medular para el futuro de Cuba: la legitimidad soberana de sus ciudadanos en la definición de los términos de la política en su país de origen, tradición y convivencia.
Si resulta extraño que un cubano, en cualquier acera de convicción ideológica, se crea con legitimidad y asuma la osadía de considerar como traidor a un brasileño equis que no coincida con su visión de las cosas, sobreviene entonces una pregunta: ¿por qué tiene carta de legitimidad la execración extranjera de un cubano o una cubana con proyecto de país y de vida opuestos a los del castrismo, trátese del castrismo duro o del castrismo suave?

Más allá de la humillación que supone que un extranjero, arrogante y racista hacia la esencia de la cubanidad, se ponga en plan de atacar las ideas o la memoria que un cubano tenga sobre su propio país, es importante indagar también dentro del núcleo racional de una actitud con cierta tradición en torno a Cuba.
Y vale la pena detenerse en este tema porque la soberanía se entiende, a la izquierda y derecha tradicionales, como exclusión de todos los demás que por cultura, nacimiento o naturalización no puedan esgrimir derechos soberanos.

Es un concepto de soberanía que, por cierto, está siendo retomado con fuerza por la élite política y cultural de Cuba, en su actual proceso de refundación cínica de legitimidades, a través del cual intenta fusionar, echando mano a los procedimientos escolásticos que tanto han debilitado la creación de un pensamiento fuerte en el país, la filosofía vanguardista del marxismo-leninismo con la tradición esencialmente conservadora de la cultura nacional redimida.

Esto, que daría más fuerza de legitimidad a Yoani frente a sus feroces críticos brasileños —los cuales desconocen esos fundamentos históricos y culturales a los que se agarra el castrismo en su hora postrera—, poco significa para un sector nada despreciable de extranjeros, vivan o no en Cuba, para quienes la crítica de la “contrarrevolución” cubana no pasa por el respeto a esa misma soberanía que, no obstante, exigen en su defensa de lo que todavía consideran como revolución.

¿Por qué ocurre esto? Por lo que entiendo, como progresiva desnacionalización del proyecto político del régimen fundado a partir de 1959, a favor de la territorialidad utópica de una isla que se abre al relato poético, al juego palaciego y al entrenamiento y la preparación efectivos de la revolución mundial, con todos sus sujetos desnacionalizados.

Europeos, africanos, asiáticos y, sobre todo, latinoamericanos hablan, piensan y se proyectan sobre Cuba con más derechos y profundo predicamento que un cubano que viva en la calle Monte, entre Omoa y Castillo, en La Habana, o en el Kilómetro 5 de la carretera a Viñales, en la provincia de Pinar del Río.
Es un fenómeno único en la modernidad, con un solo antecedente histórico que se remonta a la época de aquellas familias reales europeas del siglo XVIII, que se creían con derechos soberanos dondequiera que encontraban un compañero de ruta aristocrático. Como ellos, nuestros revolucionarios también se casan entre sí.

A eso se le llama plagio de soberanía. Y se funda en la supuesta legitimidad que otorgan la opción preferencial y una especie de derecho natural a las revoluciones en cualquier punto del planeta.
Cuba no ha sido el lugar en exclusiva donde se haya ensayado semejante disposición política a la usurpación de una ciudadanía extranjera con base en la ideología. Pero sí ha sido el único donde este tipo de usurpación ha tenido éxito y donde se ha construido una especie de ciudadanía global de la revolución que acecha, en detrimento de la ciudadanía cultural de los únicos sujetos con derechos a definir y determinar sus destinos: los cubanos, se coloquen a la derecha o a la izquierda del espectro político.

Recordemos el amago, allá en 2010, de unificar Cuba y Venezuela. Este tipo de despropósito, que clasifica dentro de la infinita estupidez subutópica, fue posible porque los llamados revolucionarios habitan previamente, muy juntitos y apretados, dentro de un territorio imaginario en el que la nacionalidad del adversario no es un obstáculo legítimo para sus burlas míticas.
El Chile de los 70 fue la escena trágica de un intento fallido de pulverizar la nacionalidad en aras del socialismo mundial. El Caracas de los años 2000 es la escena tragicómica de una colonización política a propósito del socialismo del siglo XXI.
La derecha no actúa así. Derribar gobiernos no afines fue una práctica asociada a la defensa de determinados intereses, empleada por la derecha estadounidense, siempre atenta a un puñado de dólares más y a delinear con mayor precisión sus zonas estratégicas de influencia. Pero, por esencia, la derecha es nacionalista. Diría más: la idea de nación es una idea de derechas, fundada en la excepcionalidad de cierta tradición y de ciertos rasgos culturales, que la izquierda está obligada a defender por dos razones: porque es el único asiento efectivo para la democracia social y de los ciudadanos, y porque es el punto de partida de la cultura popular.

Las naciones maduras son aquellas en las que tanto la derecha como la izquierda llegan al consenso básico y de sentido común de que la nación orgánica se funda en el nacimiento, no en la elección. Cuba no es una nación madura.
Es infinito el hato de periodistas, artistas, publicitas, escritores e ideólogos extranjeros que llegan a nuestro archipiélago, se sienten como en casa y discuten con los cubanos como si fueran uno más. En eso se basa precisamente la usurpación: en transgredir la delgada frontera entre la soberanía ciudadana asentada en la nación y el derecho de cualquier ciudadano del mundo a legitimar a los interlocutores de su elección en cualquier parte.
Por eso Yoani sufre en Brasil lo que los cubanos anticastristas sufren en Estados Unidos, España, Bélgica o Italia, a manos de la izquierda borbónica: el irrespeto de su segunda identidad, que es la que proporciona su pertenencia nacional.

Afortunadamente, el momento es interesante y propicio para la recuperación de la soberanía nacional desde la ciudadanía cultural y política. Agotado el relato de la revolución —la izquierda de la izquierda brasileña ignora o que acontece “na Ilhia”—, sus fautores se han visto empujados a hablar cada vez más de José Martí, para mí solo un referente ético, y a recuperar cuanto intelectual muerto sea necesario: desde Jorge Mañach a Heberto Padilla.
Un desarrollo natural que estaría garantizando que en el próximo relato por construir vayan sobrando los Ignacio Ramonet, Pascual Serrano y Jean Guy Allard, más otros tantos que parecen haber elegido la nacionalidad cubana como coartada compensatoria para no vivir como los cubanos que dicen defender, y mejor criticar a los que nacimos cubanos. Con la inevitable nacionalización del debate plural por la Cuba que viene, el fin de ese plagio de soberanía, iniciado con Ernesto Guevara de la Serna, toca a su fin. Una noticia estupenda.

Fuente: CubaNet.Org – SalaStampaEu
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